Ante los tsunamis noticiosos de las acciones del gobierno, comienzan a oírse, por parte de la oposición, intenciones de retroceder en absolutamente todo. Algunos son evidentes, pero no deberían implicar, casi nunca, una tabula rasa, excepto, tal vez, en salud, o de manera aún más obvia, en seguridad. El hecho de querer generar una transición energética real no puede excluir la exploración de petróleo y, mucho menos, de gas; pero debe ser mucho más contundente en la apuesta por las nuevas energías. No podemos volver en muchos campos al “hacer trizas la paz”.

En las encuestas de opinión, no aparece la derecha como ganadora rotunda. Hay un balance claro, pero la gente espera el cambio que ni los partidos tradicionales ni el Pacto Histórico materializaron. El cambio es necesario para que el país crezca económicamente, y para crear más -muchas más- oportunidades para la gente del común y fortalecer las instituciones que nos permitan convertirnos en un país desarrollado.

“Reducir el tamaño del Estado”, escuché en el gran foro organizado por KPMG el jueves anterior. Una cosa es evitar el derroche y el mal manejo, y otra la necesidad de ahorrar en áreas inoficiosas, además del uso poco austero de los impuestos en viajes o subsidios que afectan la ya maltrecha caja de Hacienda.

Si en lugar de los derroches tipo Ungrd se implementaran planes piloto para llevar la salud o la justicia a donde no llegan con la debida oportunidad, o si se mejoraran directamente las capacidades de los maestros en lectura y matemáticas en los más de 22.000 colegios públicos, otro sería el panorama y el discurso en el parlamento de campaña. Pero reducir el tamaño del Estado es un discurso facilista, sobre todo si queremos recuperar el grado de inversión y ordenar muchos elementos en nuestro territorio, incluida, la gran necesidad de invertir en calidad de la educación.

Pero más elementos valiosos que pasan desapercibidos: la concepción del territorio plasmado en el PN de desarrollo; cuidado del medio ambiente, freno a la deforestación de la Amazonía, entre los que aparece el desincentivo a la ganadería en el Guaviare y el Caquetá. El reconocimiento y apoyo campesinos, indígenas y negritudes. Recordemos que ellos son los guardianes del territorio y que sin un campo libre de pobreza nunca acariciaremos la paz.

Entre reducir y lograr que el Estado sea funcional, como lo planteó Jim Robinson en su charla del 30 en la Universidad de los Andes, hay mucho trecho. Al Estado se le puede ayudar desde organizaciones o con personas que no tengan conflictos de interés. Las Pros, el Consejo Privado de Competitividad, los Compromisos Valle o Bogotá, la Fundación Empresarios por la Educación, la Corporación Excelencia de la Justicia, o la FIP son buenos ejemplos de ello.

El cambio que Colombia necesita está hoy más claro luego de este gobierno. Requiere un Estado eficiente, que llegue a donde más se necesita, con los servicios que espera la gente. Puede que se requiera Incluso aumentar su tamaño, pero con un rediseño manejado por gerentes capaces que entreguen resultados.

*Publicado en Portafolio el 10 de diciembre de 2024