En Colombia, pocas veces después de la tempestad viene la calma.
En Colombia, pocas veces después de la tempestad viene la calma; o llegan los desastres naturales, los políticos o los humanos que se encargan de mantenernos en alerta permanentemente.
Es posible que, como a los niños criados en entornos estrictos sin dejar de ser amorosos, esa dureza nos vaya haciendo un país más sólido. Los avatares de la guerrilla y del narcotráfico se fundieron en problemas que han generado instituciones robustas, tanto que han perdurado en gobiernos de tintes autocráticos (como fue este último el de Petro, aunque no el único).
Ellas revelan que la Constitución de 1991 es verdaderamente envidiable, no solo con elementos novedosos como la Corte Constitucional o la Defensoría del Pueblo, sino por la forma en que fue construida en base a participación popular; y otros como la Fiscalía y el sistema acusatorio, concebidos para nuestros niveles de violencia e impunidad.
Sumados a la Registraduría nacida de dolores como los chocorazos locales o la debatida elección de 1970. Las instituciones de un país cargan a veces, como los entes biológicos, el ADN que las han hecho sobrevivir en la historia: construimos un ejército fuerte durante 20 años para luchar contra la guerrilla y forzarlos a negociar; diseñamos el sistema judicial sobre el anterior, hecho para ángeles, y poder defendernos del narcotráfico.
“A lo de Tocqueville” establecimos muchas ONGs para apoyar a Colombia desde la infame ‘Ley 002’ de Tirofijo; este proceso se repitió con la pandemia, con el paro del 2021 (con Compromiso Valle su mejor exponente), y nuevamente con el reciente sismo. Los golpes que reciben las sociedades no son gratis.
El Palacio de Justicia y Armero, en una semana de 1985, son casi un paralelismo al desastre final del gobierno Petro y el terremoto del 10 de agosto.
Ningún país desarrollado ha tenido una historia fácil: ni Japón con sus dinastías centenarias, ni Europa con guerras intestinas, ni Estados Unidos con la dificultad del clima para los primeros colonos y luego la horrorosa Guerra Civil. La aserción de Federico Nietzsche “Lo que no te mata, te hace más fuerte”; nunca dejará de ser cierta.
Para muchos el denominar como positivo el bautizo de fuego del inicio del gobierno de De La Espriella puede sonar una exageración. Pero nos puso los pies en la tierra a todos los colombianos: al gobierno inicialmente, al tener que saltar matones con la agenda inicial por la obvia razón de atender la emergencia.
A los ciudadanos del común, por relacionarse con el corazón para ayudar a sus compatriotas. Al sector privado que, pasando solo minutos, empezó a reaccionar ayudando en especie y luego con la mayor donación de nuestra historia. No, no habrá calma hasta remediar a cada una de las 143.000 familias víctimas y sus hogares; hasta que los grupos armados se entreguen.
Hasta que derrotemos el hambre y la pobreza como lo sabemos hacer. Hasta que la coyuntura del desequilibrio fiscal, el apagón y El Niño se conjuren y la salud vuelva a su camino. Y que los hipercorruptos estén en la cárcel o sean extraditados por lavado de activos. Puede que entonces amaine la tormenta.
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