Es una tradición centenaria, que viene de la agricultura y del mayorazgo. Seguramente más fuerte de este último que buscaba, como en las monarquías, que el mayor de la familia mantuviera la unidad de la propiedad de la familia y evitar las divisiones de tierras.
Hasta la revolución industrial iniciada al final del siglo XVIII en Inglaterra, las economías crecían en promedio al 0,5% al año como lo hicieron desde la antigüedad. Cuando esta arrancó, las economías empezaron a crecer al 3 o 4% anualmente y la riqueza se propagó por la sociedad. Así inició la desaparición del mayorazgo por los principios liberales que promovieron los mercados de tierras.
Pero quedó la costumbre de que los hijos mayores y eventualmente todos quedaran en las fincas dirigiéndolas. De ahí la costumbre en las empresas de que los hijos pasaran a gerentes. No es raro que como empresario en una compañía de familia pregunten con frecuencia cuál de mis hijos me va a suceder; seguramente porque esta tradición esconde elementos: el mayorazgo, la desconfianza en otros y el ego de pasar la gerencia por sangre.
Hoy en día la gerencia profesional es un oficio con escuelas especializadas que tienen en Francia 200 años, en EE. UU. 140 y en Colombia más de 50. Las compañías de la revolución industrial empezaron a enganchar literalmente hordas de MBAs desde hace 100 años. Compañías como General Motors, Procter and Gamble o IBM —que en su trasegar generaron prácticas particulares a través del ensayo y error— fueron creando sus propias escuelas internas formales e informales de aprendizaje.
Para las hijas (os) con MBAs de un empresario es complejo competir con esta gerencia profesional, aunque siempre sus décadas de experiencia deben ser valoradas. Estos deben generar una ruptura si quieren que la compañía sea exitosa. Y ese quiebre tiene que ver con la organización inicial de trabajo manual pesado, al lado del cual aparecen ‘corbatas’; claramente no hay un entendimiento del trabajo que hace esta nueva burocracia que empieza a emitir órdenes y ‘llenar de reportes’ incomprensibles a operarios apenas alfabetizados.
Aquí llega la famosa frase de Warren Buffet sobre la condición del hereditario: “solo les dejaría a mis hijos toda mi fortuna el día que me demuestren que el equipo olímpico de EE. UU. es hijo del equipo olímpico”. Viniendo del gurú de los gurús, el quiebre va hasta el ADN en el legado financiero. Y sugiere una enorme imposición de la meritocracia. Aparecen los cazatalentos que con gran especialización e igual construcción de tecnologías internas aprenden a discernir dentro de esa meritocracia quién es quién para cada compañía y el impacto que puedan tener en ella.
Así los hijos o hijas de los dueños empiezan a ser altamente cuestionados a menos que surjan de la meritocracia y la gerencia profesional con experiencia de décadas en multinacionales. Esto hay que aplicarlo igualmente a la tierra para efectivamente dejemos de manejarlas como ‘fincas’ y la tierra adquiera valor por lo que produce y no por tradiciones premodernas.


